Corre el año 2015, verano, calor y norte, una combinación a la que estoy acostumbrada, pero recién parida como quien dice y con la sensibilidad a flor de piel hay circunstancias en la que es mucho mejor reírse.

El crío lleva dos semanas con descomposiciones, en urgencias nos dicen que suero y agua; El chico que nos ha atendido las dos veces que hemos ido, parece recién salido de la facultad, tal vez esté en prácticas, está tan nervioso que no atina a decir dos palabras seguidas, y cuando le preguntamos que tiene el crío nos invita a leer el informe; no quedamos muy conformes con el No diagnóstico.

No soy rica, ni adinerada, pero soy muy afortunada porqué tengo gente a mi alrededor a la que quiero mucho y que me quieren, personas de esas que a lo largo de su vida han ido acumulando favores en su haber, y así, fue como acabamos teniendo una consulta pediátrica privada, con el que había sido jefe de urgencias pediátricas en el hospital.

Nos recibía en su casa, andábamos algo justos de tiempo, aparcamos en la zona azul y mi marido me da el tiquet para que lo ponga en el salpicadero del coche.

No puede ser!! Me quedo unos segundos inmóvil porqué no doy crédito a lo que acaba de acontecer,  el tiquet ha desaparecido en la escueta rendija que queda entre el cristal y el salpicadero, no puede ser… ¿porqué me pasan estas cosas a mi siempre??

Después de decírselo y escucharle refunfuñar mi marido va resignado  a sacar otro tiquet, pero no tenemos más monedas…¡Por dióoooos! Todo juntito, siempre viene todo juntito y cuanta más prisa tienes, menos encuentras las cosas. Rebusco en el bolso y encuentro un par de ellas, que con eso nos valdrá y suspiro,  pero ahora hay gente usando la máquina, con lo que nos retrasamos un poquito más.

Mientras tanto saco el carrito del coche, coloco el crío, cojo la bolsa con sus cosas, el bolso y  la carpeta con los informes del  hospital. Coche cerrado, tiquet colocado, y estamos cerca, de subida, pero cerca, y cuando voy a respirar pensando que está todo controlado, que llegamos justos pero a tiempo, tropiezo con una baldosa que debe sobresalir dos milímetros,  suficiente para mí; No llego a caer pero la sandalia se ha roto! Y no un poquitito, se le acabó la vida, allí, en esa acera, a 10 metros del portal del pediatra…La acera está más que caliente así que aunque parezco el jorobado de Nôtre Dame a cada paso que doy, sigo con lo único que queda de la sandalia atada al tobillo y la planta debajo el pie como si fuera la boca del hipopótamo del traga bolas , pero sin nada que lo sujete en la parte de los dedos, porqué lo que rompió fue la tira que va de forma transversal del dedo gordo al meñique. Me siento ridícula y patosa, pero allí estamos.

Tocamos el timbre y esperamos, y durante esos segundos de espera me entran unas ganas terribles de reírme de mi misma, pero desaparecen de inmediato cuando tras abrirse la puerta, ya diviso un pasillo largo lleno de alfombras que tendré que pisar, y no veo nada viable hacerlo con la sandalia sujeta solo por el tobillo, y aun así tras el saludo de rigor y un: _”pasad porfavor”,(que a mí me sonó  muy lejano) empiezo a caminar, por decirlo de algún modo. Como sería mi manera de pisar, que el doctor me preguntó si me encontraba bien, dignamente le respondí, “_Sí, sí, perfectamente, solo que tropecé y rompí la sandalia”, así sin más, me saqué la sandalia y la puse debajo del carrito.

Salí de la consulta con un pie descalzo, con toda normalidad, pero muy aliviada y tranquila por la salud del bebé.

Mi marido que me adora, y que  lejos de reírse de mí, se ríe conmigo me dijo al salir:

_”Quédate aquí en la sombra que voy a por el coche, y a partir de ahora te voy a llamar Bridget, Bridget Jones”.